Inexorable nefelibataVoz y verbo

Jesus Loves You

Jesus Loves You

Juan Manuel Martínez (1,989)

En uno de sus tantos días de contemplación, Horacio se sentó en el pasto a mirar el lago mientras tomaba una lata de cerveza y dejaba que los rayos del sol golpearan directo en su rostro

 

P Para Horacio cualquier día era de descanso. Siempre salía al patio de su casa que lindaba con un lago artificial en medio de las residencias del condominio, sacaba una silla de plástico y se sentaba a mirar al cielo mientras tomaba cerveza. Todos los domingos divisaba la misma avioneta que luego de unas cuantas piruetas dejaba el mismo mensaje con su estela de vapor: Jesus loves you.

En la segunda botella las letras ya desparecían del todo. Su récord cada vez se acercaba más a las tres cervezas antes de que el vapor se esfumara por completo. Siempre se quedaba observando la avioneta e imaginaba cómo sería la vida de aquella persona allá arriba. Suponía que el hombre estaba en sus cuarentas, que probablemente vivía sólo y era miembro de alguna iglesia evangélica, típicas en los estados del Sur. Le aterraba pensar que ese mismo hombre debía tener un excelente cargo y un salario suficiente con el cual podía mantener la avioneta y dejar mensajes en el cielo.

Sus días eran un constante dolor de espalda, pues tantos años de trabajo en construcción y jardinería habían tullido sus músculos. La piel de sus manos se había vuelto áspera y corroída por el uso desmedido. Y, del vigor con que solía realizar sus labores, tan solo quedaba un vago recuerdo que hacía arder sus extremidades. Tenía tantas molestias que la imagen de sí mismo era la de un viejo encorvado con bastón.

En las tardes, su mujer primero tocaba en la puerta corrediza del patio y luego entraba para limpiar el polvo y borrar las marcas de huellas en el ventanal mientras le hablaba:

—¿Cuándo vas a conseguir un trabajo? — decía ella, como queriendo expulsarlo del patio con sus palabras—. ¿No pensarás quedarte toda la vida postrado en esa silla sin hacer nada? Además, mira que te está saliendo panza de tomar tanta cerveza—. Su alboroto continuaba por varios minutos, le taladraba la mente al pobre Horacio.

Él pretendía no escucharla, entonces alzaba su mirada al cielo, y de esa manera evitaba las discusiones. Se quedaba sumergido en los recuerdos de los primeros encuentros con su esposa, cuando él aún trabajaba sin descanso y en las noches la llevaba a comer a algún sitio o a ver una película. Durante ese tiempo no existían reproches, ella lo esperaba en la sala de la casa para compartir un rato de pareja después del trabajo o simplemente para irse juntos a la cama. Pero luego de perder su trabajo se había convertido en toda una hazaña sostener una simple conversación por más de dos minutos.

Había pasado dos meses desde que el jefe, un boricua, despidió a varios de sus empleados, aquellos que no habían arreglado su situación legal, entre ellos Horacio. Al principio no se preocupó de más, pues suponía que iba a conseguir trabajo cortando el césped para otra compañía. No fue así. Luego de ir de amigo en amigo, de negocio en negocio, comprendió que no iba a ser tan fácil. Los pocos intentos fueron todo un fracaso, pues siempre había otros con más vigor, con más voluntad y talante para salir adelante. Era de esperarse que sus músculos desgastados no podían competir con el entusiasmo de un recién llegado.

Al principio, mientras Sara, su mujer, le hacía las uñas a sus clientas en el salón de belleza, él lavaba la camioneta, iba por el mercado, o al menos ayudaba con el aseo de la casa arrojando al contenedor de basura las botellas de cerveza que el mismo bebía, para luego arrastrar el mismo contenedor a la calle los días en que pasaba el camión recolector. Pero fue con el paso del tiempo que empezó a frecuentar el patio, lo cual reafirmaba su estado de inutilidad. Hasta el desgaste de la silla de plástico donde se sentaba se hacía cada vez más notorio y al final le bastaba con formar un montoncito de latas y botellas que luego acomodaba junto a una matera. Por su parte, Sara dejaba el desorden intacto por varios días, con la esperanza de que Horacio lo recogiera, pero finalmente ella misma se encargaba de limpiarlo todo, lo hacía con displicencia, como quien practica la resignación.

En uno de sus tantos días de contemplación, Horacio se sentó en el pasto a mirar el lago mientras tomaba una lata de cerveza y dejaba que los rayos del sol golpearan directo en su rostro ya arrugado, en especial en la frente y en el contorno de los ojos. Fue entonces cuando notó una extraña protuberancia en el agua que parecía un tronco deforme. Al acercarse le pareció ver un par de ojos que se asomaban. Unos pasos más y el objeto se sacudió de manera tan imprevista que el hombre dio un salto hacia atrás y cayó de espaldas en la orilla del lago. Horacio miró a su alrededor con algo de vergüenza, temiendo que algún vecino lo hubiese visto caer. Se puso de pie y confirmó que se trataba de un pequeño caimán, probablemente había llegado de los pantanos aledaños al condominio, o tal vez siempre estuvo allí, pero por estar soñando con los ojos apuntados al cielo nunca lo había visto. El animal fue un punto de distracción para el hombre desde su primer avistamiento. A partir de entonces, observaba el lago por horas, atento a cualquier señal del caimán. A veces lo confundía con rocas o troncos que pasaban flotando, pero se emocionaba si lo descubría paseándose con aquella sigila tan particular de los reptiles.

De esa manera, la solución para su crisis le llegó una mañana mientras comía huevos con tocineta. Empezó por lanzarle bocados de su desayuno a la criatura, cuyo instinto la llevó a la orilla del lago, dejando su horrenda cabeza al descubierto. Le lanzó uno y otro bocado hasta que su cuerpo entero emergió del agua. Al cabo de unos minutos de quietud, el animal entró en confianza y se asomó hasta el patio, revelando su tamaño, poco menos de un metro. Enseguida el hombre ingresó a su casa para luego salir con una cuerda gruesa que tenía en el garaje. Atrapó al reptil por el torso, le amarró el hocico y lo envolvió en una cobija vieja.

El resto del día se la pasó acondicionando el garaje para mantener al reptil con vida unos días mientras decidía de qué manera sacarle provecho. Bien sabía que su mujer nunca entraba a ese lugar, pues él allí guardaba sus herramientas de trabajo y el viejo material de construcción, era como su oficina privada. Empezó por arrastrar una bañera que se encontraba arrumada en una esquina arrumada, la del baño que él mismo había remodelado cuando aún tenía fuerzas en sus brazos. La llenó de agua y alrededor hizo una especie de cama con cartones y sábanas viejas.

El nivel de concentración en su labor fue tanto que las horas pasaron desapercibidas, así que terminó saliendo del garaje bien entrada la noche, cuando su mujer ya estaba en la cama durmiendo. Él se quedó en el sofá de la sala como lo venía haciendo desde que perdió su trabajo. No concilió el sueño en toda la noche. Se mantuvo alerta, atento a que ella no escuchara el caimán rasgando los bordes de la bañera.

La mañana siguiente se levantó con energía de sobra a pesar de no haber dormido. Apenas salió su mujer, él entró al garaje a revisar su caimán. Lo volvió a amarrar de hocico y tronco y lo envolvió en bolsas negras de basura, luego lo lanzó en el platón de la camioneta, encendió el motor y arrancó sin rumbo alguno. Andaba despacio y se detenía con prudencia en cada semáforo a medida que elegía un posible destino. Finalmente, tras unas cuantas intersecciones, divisó el aviso de la estación de gasolina donde siempre tanqueaba su vehículo. Parqueó en el lugar, agarró el caimán cual momia plastificada y entró a saludar a Steven, el tendero que siempre le hablaba de pesca y de las serpientes que había capturado como mascotas en sus paseos a los Everglades. Horacio sabía que la fantasía del hombre era la de tener un animal de ese disecado en el tráiler donde vivía. Lo acomodó en el mostrador apenas entró y lo exhibió cual joya preciosa.

What the fuck is that? —dijo Steven al ver la bolsa oscura moviéndose con lo que parecía ser un espectro atrapado en ella. Su primer impulso fue el de retroceder hacia la pared y pedirle a Horacio que se largara con la bestia.

Horacio insistía, intentaba explicarle que se trataba de un caimán, su mascota predilecta, pero el tendero no parecía prestarle atención, ya tenía la mano lista en el teléfono, iba a llamar a la policía. Su mirada y su voz temblaban al hablar.

Defraudado, y sintiéndose intimidado por la expresión en el rostro del hombre, Horacio tuvo que salir con apuro y volver a dejar la espantosa pero inofensiva criatura en el platón de su camioneta. Su objetivo era el de conseguir un cliente que le diera dinero por el animal o siquiera por su piel exótica. Condujo todo el día, deteniéndose en zonas comerciales con la esperanza de encontrar un posible comprador, pero no fue capaz de acercársele a ninguna persona y ofrecer la mercancía.

Caída la noche, cuando su paciencia se agotaba, hizo un retorno prohibido en un semáforo para ir de vuelta a casa. Al llegar, estacionó la camioneta en reversa y dejó al animal en el garaje, luego lo acomodó en su bañera, de donde no volvería a salir en mucho tiempo el desconcertado animal.

Pasaron semanas, y, en vez de trozos de jamón, el hombre ya alimentaba a la bestia con presas enteras de pollo y cualquier alimento de sobra que estuviera en la cocina. Era como alimentar al hijo que nunca tuvo, pero en enormes cantidades. Por su parte, Sara prefería no interferir en los asuntos de su marido, no era de esas personas que andan husmeando para averiguar sobre la vida de sus allegados, así que jamás tuvo la intención de acercarse al garaje, tan solo se sentía dichosa al verlo ocupado en lo que parecía ser de suma importancia, o al menos un proyecto que no involucraba alcohol y quedarse sentado todo el día en su silla del patio. Tal vez no aportaba dinero, pero al menos tenía la intención de buscar trabajo y hacer algo con su vida, pues cada mañana, antes de que ella saliera a su trabajo, lo encontraba en el teléfono hablando de negocios y con una actitud enérgica, andaba de un lado a otro incapaz de quedarse quieto.

Un tarde, cuando la cola de la criatura ya salía de la bañera y su cuerpo se extendía hasta los bordes, lo llamó Jeremías, un compañero dominicano que había trabajado con él en jardinería y estaba enterado de su reciente adquisición.


—Te tengo un negocio, brother: Estamos podando el jardín de un cazador y el hombre tiene cabezas de animales disecadas por toda la casa. Hay osos, venados, hasta toros. Dice que solo le falta la de un caimán. Parece muy interesado —dijo su amigo con entusiasmo—. Eso sí, tendrías que darme una pequeña recompensa.

—¿Cuándo quieres que pase? —respondió sin pensarlo dos veces.

—Trae el animal mañana, voy a estar plantando unas palmeras en su jardín—dijo Jeremías, y le dio las indicaciones para llegar donde el cazador.

Horacio se levantó de madrugada y alistó varías bolsas negras de plástico para envolverlo. Escogió tres sogas resistentes, capaces de soportar su tamaño y fuerza más que desarrollados. Cuando entró al garaje y se acercó a la bañera, notó que el caimán estaba inmóvil, su lomo reseco, ya parecía de piedra. Encendió la luz y el reptil abrió sus ojos que tomaban un tono opaco, un destello apunto de apagarse. Tal vez su semblante tan aplacado se debía al cambio de ambiente, a esa vida de prisionero en un garaje sin sol ni agua suficientes. El hombre percibió el clamor en los ojos de la criatura, la falta de oxígeno allí atrapado, entonces entró a la casa y llenó un balde para rociarlo con agua. También trajo un reflector del platón de su camioneta y lo conectó para proveerle una ilusión de sol. Finalmente, sacó un pollo entero del refrigerador, pero su gentileza fue inútil, pues el caimán escasamente sacudió el alimento con el hocico.

Por un largo rato siguió con los intentos de reanimarlo. Solo se detuvo cuando recibió una llamada. Era Jeremías.

—Horacio, estoy donde el cazador —dijo su amigo—. ¿Vas a llegar?

—Disculpa por hacerte esperar, pero un vecino está dispuesto a pagar una buena suma de dinero por él —dijo Horacio, tratando de terminar la conversación lo más pronto posible—. Gracias de todas maneras, pero los negocios son negocios.

—A dinero en mano, no hay mina de oro que deslumbre —respondió Jeremías.

Y así se esfumó su única oportunidad de hacer unos cuantos dólares.

Una semana después y el animal ya no cabía en la bañera. Horacio Sabía que Sara llegaría del salón de belleza a la hora del almuerzo y lo encontraría en su resguardo junto al lago, sin trabajo, sin ilusiones y con una boca más que alimentar, la del caimán. Es por eso que decidió realizar su última hazaña. Esta vez arrastró la bañera con la criatura dentro hasta el patio, pues le era imposible sacarla de allí con sus propias manos y su poca fuerza. Tardó casi una hora en hacerlo y llegó a sentir que sus brazos se le saldrían de los hombros. Una vez en el patio, el animal pareció recobrar sus últimas fuerzas y se arrastró desde la bañare hasta el lago.

Al dejarlo ir, Horacio vio cómo se zambullía en el agua y cómo su piel empezaba a retomar ese tono brillante tan particular de los reptiles. Luego Horacio se acomodó en su puesto habitual del patio, la silla desgastada. Estuvo contemplado el lago por un largo rato, se sentía satisfecho ante la presencia del caimán, la libertad con que nadaba en círculos. Se le ocurrió darle un nombre, entonces recordó a su mascota de la niñez, el perro Bruno. Desde la silla lo llamó en voz alta tres veces por su nuevo nombre: «Bruno. Bruno. Bruno». La criatura salió sacudiendo la cabeza, como hacen los delfines en medio de un show acuático.

Fue entonces cuando Horacio se puso de pie, entró la bañera al garaje, recogió las bolsas con latas y botellas y salió al centro de reciclaje más cercano a cambiarlas por efectivo. Con lo recolectado, y lo que le quedaba de sus ahorros, compró una botella de vino y unos paquetes de espagueti en el supermercado.

Mientras preparaba el almuerzo, volvió a recordar su época de noviazgo con Sara; las salidas que involucraban alcohol y visitas a los bares, las tardes en los parques contemplando los árboles y las nubes, y aquellas largas llamadas telefónicas en medio de la noche. Cuando ella por fin llegó, las ollas hervían y dos platos estaban acomodados sobre el mesón de la cocina. Horacio la invitó con su mirada a sentarse en el comedor. Sirvió la pasta y llevó los platos a la mesa. Ninguno habló por varios minutos, tan solo comían. Entonces su mujer sonrió y le agradeció por el detalle con una voz casi imperceptible pero llena de alegría. Por un momento ambos olvidaron la inutilidad de Horacio en el hogar y hasta olvidaron que su madriguera empezaba a ser patio donde el tiempo y la soledad podrían llegar a consumirlo.

Hicieron un brindis con las copas de vino por los años juntos y los momentos venideros. En cuanto terminaron de comer, Horacio extendió una mano para ayudarla a ponerse de pie y la invitó a caminar alrededor del lago; algo que nunca habían hecho antes, a pesar de los años viviendo en ese mismo condominio. Se pasearon de la mano por la orilla, casi no hablaron; parecían una pareja de enamorados. Se detuvieron luego de un rato y, de repente, el hombre se quedó mirando al lago fijamente sin soltar a su mujer de la mano. Aparecieron unas burbujas en el agua y Horacio gritó: «Bruno».

Hubo un momento de silencio hasta que una corriente de agua se extendió por el borde del mismo en forma de triángulo. El hocico y los ojos brillantes del caimán se asomaron primero. Sara se quedó perpleja observando cómo Bruno empezaba a salir por completo para luego arrastrarse con su panza por el césped.

—Se llama Bruno —dijo Horacio, acercando al animal para pasarle la mano por su protuberante cabeza.

Los primeros gritos fueron de auxilio, pero poco a poco se convirtieron en amenazas.

—¡Voy a llamar a la policía para que se encarguen de esta aberración! ¡Mira cómo está de grande ese animal! —gritó Sara—. De seguro todo este tiempo te las has pasado en el patio alimentando a este monstruo asqueroso.

La mujer se alejó de prisa del lago y entró a casa sin alivianar su escándalo. Mientras tanto, Horacio esperaba que los vecinos no la hubiesen escuchado, sabía que ella era capaz de cualquier cosa en medio de sus arrebatos. Tuvo la intención seguirla, de detenerla, pero se sintió tan agotado, sus brazos y sus piernas tan débiles, que se detuvo y prefirió sentarse en el pasto junto a Bruno. Entonces miró al cielo y vio pasar la avioneta de todos los domingos, sin siquiera percatarse de que era lunes en la tarde. Por medio de su estela de vapor, dejó el mensaje de siempre: Jesus loves you. Horacio tomó una piedrita, apuntó hacia mensaje que se difuminaba con el viento y la lanzó, como queriendo deshacerse de él, o más como queriendo tener una razón de ser que no fuese más que la de escribir mensajes que se esfuman en el cielo. Cerró los ojos y se quedó tendido tomando el sol con su mascota que miraba en dirección al lago en plena quietud.

 

 

El autor

Juan Martínez

Juan Manuel Martínez

Magister en Estudios Avanzados de Literatura Española y Latinoamericana

Juan Manuel Martínez

Magister en Estudios Avanzados de Literatura Española y Latinoamericana

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1 Comentario

  1. Excelente narrativa, un retrato realista de lo cómico de la tragedia.

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