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Promesa

Hugo Paz Pérez Cabrera (Cajamarca, Perú, 1999)

En medio de la pandemia no solo debíamos temerle al virus.

¿Necesariamente tenía que ser este día, precisamente hoy, padre? ¿Acaso olvidaste lo que habíamos planeado? Pero qué podría esperar de alguien que tiene una vida tan agitada como la tuya. Siempre ha sido así, promesas y más promesas y todas quedan solo en eso: promesas. Pero hoy sí que cruzaste la raya, papá. El sábado pasado fui solo a Lima, te dije que tenía que comprar algunas cosas que le faltaban a mi computadora y a ti ni te importó. Recuerdas que me dijiste que estuviera agradecido con lo que ya tenía y que si no era suficiente para recibir mis clases de la universidad con eso, mejor que esperara al próximo año, que tú tenías mucha fe en que las clases ya serían presenciales. Pero las cosas no son así, padre. Uno no puede vivir atado con la esperanza, lo que no haces hoy no lo haces nunca, y esperar que todo vuelva a la normalidad es lo mismo que esperar otra vuelta sin regreso, no sé por qué te digo esto, si tú siempre me lo has repetido. Mira, ahí están mis cosas, todas en mi mesa, disculpa que esté un poco desordenada, tú debes entender que esta semana ha sido complicada para mamá y peor para mí, no es fácil estar al cuidado de una persona mayor y peor si esta es impredecible.

Estoy aquí, sentado a tus pies, porque no hay otra cosa que pueda hacer, es verdad que tengo clases, pero de nada sirve prender la computadora, le faltan las piezas que te dije, piezas que no pude comprar porque su precio era altísimo, aunque, para serte sincero, no creo que ese era su precio, pero cuando a uno lo ven necesitado y con cara de provinciano o de cholo, como tú lo dirías, quieren aplicarle la rata. Perdón, papá, quise decir que nos quieren estafar. Pero conmigo no pudieron. Por cierto, en la mañana vino a verme Gabriel para decirme que podía ir a su casa, que ahí tenía un celular disponible para mí, pero que no podía dármelo para traerlo a la mía porque su papá no le permitía. Ni que lo fuera a robar, papá, le dije que gracias, que no lo necesitaba. Él me miró a los ojos con el ceño fruncido y se regresó a su casa sin decirme nada. Pobre Gabriel, qué habrá pensado. Oh, mamá acaba de entrar a la casa, pero ha tardado mucho y viene sola. “Hola, mamá, ya no tienes que preocuparte, le estoy hablando de la misma manera que tú le hablaste a mi abuelo el mes pasado, no llores, no llores, las cosas son así, algunas aves salen de la bandada por algo. Dale algo de comer a mi gato, mamá. Qué importa que no lo hayas convencido, ahora ya no lo necesitamos”. Y como te dije al inicio, padre, yo no esperaba que hoy nos hicieras esto, y más a mí. Llevaba esperando medio año, papá, desde que me lo diagnosticaron. Y la semana pasada me prometiste que hoy sería ese día. Mejor iré a la calle a respirar un poco, aprovecharé que a esta hora no sale nadie, ya casi son las 4:30 p. m.

P salió de su casa inmerso en su congoja. Antes se había puesto una casaca negra con franjas rojas, colores que no combinaban en lo más mínimo. Él siempre era cuidadoso en su vestir, pero hoy no le importó nada. Se puso el sombrero más viejo y pisó la calle. Iba lento como sus pensamientos y cuando ya había avanzado seis cuadras, oyó la sirena de la camioneta en la que venían tres policías enmascarillados. Le gritaron “Deténgase”, pero no pensó que le hablaban a él y continuó caminando. Dio dos pasos más y volvió a escuchar la voz, pero esta vez más cerca de él, casi en sus orejas: “Oye, mierda, te dije que te detengas, güebón. ¿No me has escuchado?”. Sorprendido, P se detuvo. Le preguntó qué pasaba. El policía le pidió su documento de identificación, le había dicho: “¿Me los podrías prestar, por favor?”, con un perceptible sarcasmo. Él le respondió: “Ahorita no, gracias”. Y continuó caminando. Cuando estuvo a punto de dar el tercer paso, sintió una patada en el trasero. Se volvió furioso hacia el policía y vio que los otros dos estaban desgajándose de la risa en la camioneta. Quiso responder el golpe, pero se controló. El policía, iracundo, le tomó del cuello de la casaca y se acercó hasta su nariz, como si quisiera verle los poros, para decirle, con voz quedita y de amenaza, que si daba un paso más le cargarían hasta la comisaría. Él no entendía nada, solo pensaba en su padre y en su miseria, por eso le dijo que le diera un segundo, y el policía se lo dio, entregó su DNI y el policía lo inspeccionó, puso el número en su celular para verificar la identidad, supongo, y lo confirmó. Tardó un poco. Luego le devolvió el DNI y le dijo con una sonrisa de malo que gracias a él llegarían 215 soles más a la caja de alguien.
—¿Qué? No entiendo.
—Ahorita vas a entender, so cojudo.
—¿Por qué 215?
—Aah, ¿te parece poco?
—¿Qué hablas?
—¡Más respeto a la autoridad! Qué es eso de qué hablas, se dice ¿cómo dijo, jefe?
P no le dijo nada, pero estaba más confundido que nunca.
—Escucha, ignorante –le dijo el policía– parece ser que tú sí que vives en un tercer mundo, no estás enterado de nada o te haces el loco, hace más de un mes que el presidente comunicó que, quienes anduvieran por la calle sin mascarilla, recibirían una jugosa multa de 215 soles. Y como tú eres un antisocial, ¿no? Un tipejo que cree que es lo máximo por desacatar la orden, te la has ganado. Si la pagas en menos de cinco días te harán tu descuentito, ah, del 25 %, ahijado. Ahora regrésate a tu casa o te cargamos a la comisaría, güebón.
Regresó a su casa. Había olvidado completamente la mascarilla, siempre se la ponía, pero hoy, en un descuido, la olvidó. Sabía muy bien que no tendría el descuento mencionado.

“¡Mamá!, ¿Por qué no le has dado la comida a mi gato?, ya, ¿sabes qué? Déjalo, luego se la daré yo”. Papá, ya regresé, creo que no me sirvió de nada salir. Pero, bueno, así es como están las cosas, mal por aquí, peor por allá. Me apena saber que no pudimos concretar lo que me prometiste, era vital para mí. Disculpa que se me humedezcan los ojos, es que no solo las mujeres lloran, pero mis lágrimas no son de capricho ni de decepción, sino de despedida. No me verás más y yo, ya casi acostumbrado a tus mentiras, también te extrañaré. No te haré recordar lo que me dijiste, solo dejaré las cosas en manos de algún dios, si es que existen. Además, no tardaremos en vernos. Te dejo, papá.
—Mamá, ¿qué haces ahí en la puerta?
—Hijito, hablé con el doctor y me dijo que, por lo pronto, te pueden poner inyecciones, la operación requiere un poco más de dinero, y nosotros no tenemos ese dinero. Tu padre nos dijo que lo iba a conseguir de don Teófilo, pero ya ves, ahora está ahí, tirado en esa cama. Ya, hijito, no llores, no llores, te prometo que yo lo conseguiré y el doctor te operará.
—No quiero más promesas. A lo mejor mañana también te mueres tú.

Hugo Paz Pérez Cabrera

Estudiante de Lengua española y Literatura en la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle, La Cantuta. Actualmente reside en Lima. Ha publicado cuentos en las revistas: Oopart (Colombia), El Revólver (México) y Pluma (Argentina). Tiene predilección por la narrativa cortazariana.

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