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Luces de cerro

Juan Merchán (Miraflores, Boyacá 1988)

¿Acaso los dispositivos tecnológicos son suficientes para mantener la cordura en un mundo donde el contacto con el otro es prácticamente nulo?

 

Tomó su celular y abrió la notificación de noticias. “Nuevo escándalo salpica al Gobierno // Mujer denuncia violación en medio de la cuarentena”. Ingresó a la aplicación de mensajería. “Anita, feliz cumple atrasado. Intenté llamarte ayer pero no me contestaste”. “Ana, ¿por qué no te conectaste? ¿Todo bien?”. Abrió la aplicación de imágenes y leyó una vez más el primer verso del poema: cuando nos hayamos ido, la piedra dejará de cantar.

Se levantó y buscó el baño en medio de la oscuridad de las cuatro de la mañana. Se desvistió, entró en la ducha y giró el grifo a la derecha. Esperó que las gotas golpeando su cabeza excitaran los pensamientos y cotejaran las ideas.

“Ana, yo lloro todos los días. Me la paso peleando con mi mamá por unas bobadas. Me dejo arrastrar por su negativismo, y, cuando la increpo, me recuerda lo de Julián. Me siento tan humillada, parce. No aguanto este encierro.”

Hijueputa, creo que soy alcohólico. Ayer compré un paquete de 24 cervezas y ya he bebido 20. Es el desespero, marica. Pero creo también que estoy volviéndome muy depresivo. A veces no quiero salir de la cama en todo el día”.

Intentó construir la imagen mental de sus amigos, todos sentados en la plazoleta del parque El Poblado. Trató de imaginarse una tarde cálida, con las cervezas a un lado y la cajetilla de cigarrillo encima. Pero el agua en su cabeza no era lluvia, y el calor que sentía no era del sol atardeciendo. Aún seguía bajo la ducha caliente y detestó las únicas imágenes que llegaban a su mente, las caras de sus amigos hablando a través de la pantalla de su computador. “Me voy a terminar (..) de ese puto puente, Ana. No aguanto más”. Su mente recreó las palabras entrecortadas tan frecuentes en las reuniones virtuales. Se sintió miserable.

Regresó a su cuarto y se recostó. Cuatro y veinte. En dos horas tendría que conectarse a la clase. “Reconciliación y Verdad en el posconflicto… ¿Posconflicto? ¡Qué absurdo! ¿Qué pensaría Chepe?”, preguntó al aire de madrugada mientras miraba el techo. “Al menos el cabrón supo hacerle quite a toda esta mierda. Con razón siempre aceleraba con ganas esa puta moto. Capaz que ya sabía lo que venía”. La cara de Chepe no tomó forma definida en su cabeza, ni aunque intentara arrastrar los recuerdos de ese bar del barrio Manrique que frecuentaban. “Carajo. Debí haberlo llamado alguna vez por video, así me hubiera calcado en la mente su maldita cara”.

Abrió el cajón de la mesa de al lado. Sus dedos recorrieron el interior pero no palparon el plástico. Se levantó con torpeza al sentir que la cabeza le pesaba. Caminó hasta la sala y buscó las pequeñas bolsas de cierre hermético en la biblioteca. Encontró tres, todas abiertas anteriormente, y con los restos allí contenidos armó un porro mediano, poco consistente. Deslizó la puerta de la terraza y caminó hasta el muro que daba a la calle, apoyando sus brazos en él, inclinándose. Mientras fumaba, sus ojos recorrieron la presencia siluetica de El Volador, el cerro que tenía enfrente y donde titilaban luces indistintas, como danza de fuegos dispares que retaban la profunda oscuridad de esa noche sin luna.

Oyó un ruido en la calle, una puerta que se abría. La luz artificial del poste dejaba ver la calle de la esquina como si fuera un foco de teatro. En escena entró un hombre con un tapabocas sobre su cara y un casco en su mano derecha caminando hacia una moto estacionada al otro costado. Una vez allí se puso el casco, acomodando con dificultad el tapabocas. Caminando con prisa apareció otro hombre, también con tapabocas, acercándose a la moto. Tras un cruce de palabras entre los dos, el primero se retiró el casco y el tapabocas. El segundo bajó el suyo hasta el mentón y su mano derecha buscó con deseo la cabeza del primero, empujándola hacia él y besando su boca con el desenfreno propio del último encuentro, el del adiós.

El aliento del porro se extinguía. Viendo al hombre del casco acelerar y tomar la curva a la derecha, Ana dio la última calada, la más profunda. Poco después, a medida que alcanzaba la calle, Ana sentiría que las luces del cerro resplandecían ahora con más brío.

Filólogo de la Universidad Nacional de Colombia, periodista cultural y docente. Estudiante de la Maestría en Periodismo de la Universidad de British Columbia. Ha escrito columnas para periódicos como El Pueblo de Cali, El Nuevo Liberal de Popayán. Participó en la compilación Like a Rolling Stone. Historias y Relatos sobre Rock con una crónica sobre Jimi Hendrix. Sus cuentos, reseñas y crítica de cine han sido publicados por revistas en línea como Kinetoscopio, El Narratorio de Argentina, La Caída, y la revista de cine Cinestesia.

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