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Escafandra. Crónicas del desasosiegoVoz y verbo

La escafandra del saber

La escafandra del saber

Eduardo José Viladés Fernández de Cuevas (España)

Esta crónica nos lleva a una nueva perspectiva de lo que se había planteado para esta edición. Al parecer, las nuevas generaciones nacen con su propia escafandra.

 

El egoísmo es la clave del comportamiento humano, en especial en un país mezquino y desmenuzado como España, aunque la sociedad trata de corregir tal comportamiento favoreciendo la convivencia forzada y engañándose a sí misma en tiempos de pandemia y confinamiento.

Tu vecino te escupirá mañana igual que te escupió ayer. Seguirás siendo el mismo imbécil cuando pase todo esto. Habrá una pequeña diferencia, estarás sin empleo, en la calle, por lo que no tendrás acceso a una hipotética vacuna contra el corona, virus que no te matará porque antes lo habrá hecho la neumonía pillada al dormir a la intemperie en pleno invierno. Además, es muy triste que necesites de un Estado opresor que cercena la libertad individual para conocerte a ti mismo. Si fueses medianamente inteligente, ese proceso de autoconocimiento llevarías desarrollándolo años sin necesidad de entonar himnos comunitarios en pro del bien común ni de esperar a que un aprendiz de la yersinia pestis pusiera el mundo patas arriba.

Vigilancia totalitaria y empoderamiento ciudadano. Haber afrontado la gestión de la pandemia como una guerra en la que todos somos soldados ha impulsado un control que roza lo estaliniano. Lo vemos en la calle, llena de vigilantes, algo típico del español medio, a quien atrae la camorra y la doble moral, la discusión barata y el abrazo hipócrita, el aplauso a las ocho y el agravio a las nueve, que disfruta con la barahúnda de opiniones sin fundamento de programas de telerrealidad como ¡Sálvame!, el más visto de la televisión. España, cuna de alta cultura.

Una vigilancia que ha alcanzado niveles insoportables con los rastreadores y con el intento de controlar la propagación del virus empleando sistemas informáticos de geolocalización de los ciudadanos, una añagaza defensiva propia de Corea del Norte. Me viene a la cabeza Donald Sutherland en la versión de los años 70 de La invasión de los ultracuerpos y su expresión de perturbado cuando, ya contagiado, delata a los humanos que se le cruzan por la calle.

La faena es que ahora, con la mascarilla como carta de presentación, se torna abstruso indagar en el interior de los demás. No sé de qué manera Donald podría insinuar a sus compañeros alienígenas que hay seres humanos pululando por la ciudad si la mascarilla le cubre la boca y le impide chillar y lanzar espuma…

Que no cunda el pánico, los jóvenes que estén leyendo esto no tendrán ni idea de lo que estoy hablando. Bueno, lo más probable es que no sepan leer o lo hagan con dificultad. Luego incidiré en esto.

A esta complejidad a la hora de penetrar en el interior de nuestros congéneres se suma la obsesión por las nuevas tecnologías, la pérdida de los valores tradicionales en un mundo que se cree interconectado pero que está más solo que nunca. Porque se puede volar en soledad, pero el vuelo se verá afectado por la veleidad del viento o por su ausencia, por el planear de otro o el silencio dejado por su estela.

Desgraciadamente, la estela que vemos en el cielo está llena de tósigo, de una ponzoña imposible de eliminar que se aprecia, en particular, en los jóvenes. Detesto a la gente menor de 40 años, me aburre, les encarcelaría en una mazmorra con un libro y, tras mearles encima, les obligaría a que me dijesen algo medianamente coherente.

Los políticos, los edificios feos y las prostitutas se vuelven honorables si duran los suficiente. Dudo mucho de que esto suceda con los jóvenes de hoy en día. Si los cimientos que sustentan sus opiniones han nacido podridos, a medida que pasa el tiempo la carcoma va campando a sus anchas y termina por destruirlos.

Esa carcoma tiene similitudes con el coronavirus, es una pena que diezme a la población anciana, podría mutar y hacer lo propio con los críos. Afortunadamente, los jóvenes de hoy en día son la generación más distraída de la historia, su capacidad de atención ha desaparecido, las arenas movedizas de la ignorancia han ganado la batalla. Eso sí, piensan que son muy modernos bebiendo el agua con la que se han duchado para preservar el hábitat y reciclando los condones sabor frambuesa. Como sus padres les pagan todo y se quedan en casa hasta los 70 no hay problema.

Passolini dijo que el fascismo se manifestaría en la sociedad moderna en la estética y en la tecnología, consideraba que la revolución de las máquinas aniquilaría la democracia. Ese fascismo llegó hace tiempo y no tiene visos de abandonarnos. Puede que dentro de cuarenta años nazca alguna corriente filosófica que opte por la humanización de la sociedad, por la vuelta a los orígenes, por la dulcificación de las nuevas tecnologías, como sucedió con la Revolución Industrial a finales del siglo XVIII.

Hoy por hoy, sin embargo, ese fascismo se extiende entre nosotros como un virus, un algoritmo que nos monitoriza todo el tiempo y que nos conoce mejor que nosotros mismos. El corona es un estudiante del mal a su lado.

La masa lerda se ha emancipado, ha conseguido que la incultura se haya convertido en la nueva cultura, una rebelión de mentes opacas en contra de la inteligencia en donde triunfa la democracia del talento, donde cualquiera vierte su opinión porque sí, porque el empoderamiento está de moda.

La tecnología hace desechable todo lo demás, incluida nuestra memoria. Sin una noción histórica, la gente es fácilmente manipulable porque no se da cuenta de que los trucos que el Estado emplea para alienarles son los mismos que hace siglos. Esto lo vemos claramente en la actualidad con la crisis del coronavirus, en los adolescentes e incluso en adultos que se dejan manipular por las redes sociales y que llevan la escafandra de la ignorancia como si fuese su segunda piel.

Nadie se da cuenta de que no tenemos derecho a una opinión, sino a una opinión informada. Nadie tiene derecho a ser ignorante. Pero eso no importa, está de moda zaherir al prójimo con basura teñida de conocimiento.

¿Dónde queda la historia, la memoria, el pasado, los grandes nombres que han hecho que seamos como somos, las grandes gestas, los libros que olían a viejo?

Inundados por enormes cantidades de información banal perdemos la noción de las grandes narrativas. Todo es un perpetuo y atiborrado ahora en el que no cuentan las ideas de otros tiempos.

Los jóvenes distorsionan la realidad, incluso físicamente están a medio hacer.

Yo me los suelo follar y después borro su número.

Pasan la mayor parte del tiempo consumiendo contenido electrónico a modo de aperitivo hecho a la medida de sus endorfinas. Lingüísticamente hablando, dominan apenas un 60% de los vocablos que una persona culta debería conocer. Sus conocimientos históricos se remontan a 1995 y se anclan en los calzoncillos que Justin Bieber se compró en un centro comercial. Van de sanos pero alardean de la coca que se han metido, sus abdominales decadentes y la poca agua que beben en la sauna del gimnasio un sábado a las once de la mañana tras salir del after. Creen que Mozart es una marca de compresas. A esto se une tendencias homófobas y machistas, como si todo lo que se consiguió en los ochenta y en los noventa por mi generación haya quedado en agua de borrajas. Una pena, insisto, que el corona no mute pare cebarse con esa masa menesterosa.

Hoy me he levantado cinematográfico. Me viene a la cabeza Alien, el octavo pasajero. Lo más seguro es que los jóvenes no sepan de qué estoy hablando. Se emocionarán, eso sí, al escuchar la palabra alien, teniendo en cuenta que la mayoría de los términos que emplean son malas traducciones del inglés, cuando después no son capaces ni de pedir un café en esa lengua, pero queda muy cool. Recuerdo que el monstruo de Alien se adhería al rostro de los astronautas antes de inocularles su descendencia a modo de veneno. Ojalá pasara eso con las mascarillas a determinadas personas. Las cuerdas que las enganchan a las orejas se tensarían, la parte que roza la nariz impediría que el joven respirase, pero no le mataría, sería como esas máquinas que envasan al vacío el jamón serrano. En la boca, la propia escafandra anti-corona dispondría de una grapadora que sellaría los labios para que no nos jodiesen con sus comentarios banales, los pómulos se disecarían, solo quedarían en buen estado los ojos para que observasen la realidad que les circunda, llena de mierda por su inefable ignorancia. Vislumbro a esas nuevas generaciones colgadas del techo con hilos, vivas pero muertas, del revés, como se enterraba a las brujas en la Edad Media. Por debajo les pasarían los espíritus de los grandes sabios de la humanidad. No les quedaría más remedio que empaparse de su conocimiento…

Sin percatarme de ello he ideado una nueva versión de Coma, la película de 1978 escrita y dirigida por Michael Crichton.

—“Señor, señor, ¿qué es Coma?”
—No me toquéis los cojones…

Escritor, dramaturgo, director de escena y periodista con más de 25 años de carrera, referente en la cultura española contemporánea. Ganador de prestigiosos premios internacionales de teatro y literatura, Eduardo Viladés cultiva el teatro largo, de medio formato y de corta duración, así como la narrativa. Ha publicado dos novelas y prepara la tercera. Sus obras teatrales se representan en varias ciudades españolas, México, Colombia, Perú, República Dominicana y Estados Unidos (es un asiduo a los escenarios de Miami). Colabora asiduamente con sus ensayos, relatos y obras de narrativa con las editoriales Odisea cultural (Madrid), Canibaal (Valencia, España), Extrañas noches (Buenos Aires), Microscopías (Buenos Aires), Lado (Berlín), Otras Inquisiciones (Hannover), Primera página (México), Gibralfaro (Málaga), Windumanoth (Madrid), Amanece Metrópolis (Madrid), Sinestesia (Bogotá), Actuantes (Madrid), The Citizen (Madrid) y Viceversa (Nueva York). Compagina su labor como dramaturgo y director de escena con el periodismo, área en la que cuenta con más de dos décadas de trayectoria profesional en diversos países del mundo como reportero, editor y presentador de TV. También es experto en periodismo cultural y documentales de sensibilización social. Un artista polifacético.

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