Inexorable nefelibataVoz y verbo

La tarjeta

La tarjeta

Miguel González Troncoso (Chile)

El tiempo, la espera y las cosas inconclusas. Un relato en el que las esperanzas y la espera no son suficientes.

 

N Nicomedes ya entrado en años, aprovechó que los tibios rayos del sol comenzaban a inundar de luz su habitación para levantarse. Una sola idea se aferraba insistentemente en su mente: escribir y enviar una tarjeta a aquella persona unida por lazos de sangre, pero con la que nunca compartió ni visitó.

Mientras preparaba su café, reflexionaba en que esta idea de la tarjeta había sido su mejor decisión, pues aprovecharía las fiestas de Navidad y fin de de año, para escribir lo arrepentido que estaba de sus errores, y para decir que durante todos estos años él siempre había estado en sus pensamientos, reconociendo que el hecho de no haber estado presente en su vida obedecía a un acto de cobardía, pero que siempre le había amado. Al terminar de beber los últimos sorbos de su café, se puso el sombrero y salió de casa en dirección al bazar del turco Abdul para comprar la tarjeta. Durante el trayecto, discurría en cómo debía ser el porte de la tarjeta, en si sería conveniente que la ilustración fuera exclusivamente sobre la Navidad o si bastaba cualquier tipo de tarjeta.

Cuando entró al bazar, el turco puso a su disposición más de cien tarjetas, artículos que ya nadie compraba, y le recomendó que buscara con paciencia la que mejor se ajustara a sus deseos. Cerca de dos horas se demoró Nicomedes en encontrar la tarjeta que creyó era la apropiada para escribir en ella todos los sentimientos que albergaba su corazón. En la elección de la tarjeta no solo tuvo en cuenta el tipo de papel y su color, también consideró su textura.

Sinceramente, creo que ésta es la mejor de las tarjetas y mi última oportunidad —se dijo—, luego procedió a pagar su valor y la colocó en su respectivo sobre. Regresó a casa.

Al atardecer, cuando el sol se hundía en el horizonte, Nicomedes buscó su mejor pluma, cogió el frasco con tinta color violeta y se dirigió a su escritorio para escribir. Antes de empezar observó la tarjeta detenidamente para calcular el tamaño de letra que debía usar, pues quería que todos sus pensamientos quedaran escritos en ella, lo que no fue posible debido al porte de la misma y hubo de contentarse con escribir las veinte líneas que abarcaron todo el espacio disponible. Escribió pausadamente y cuidó de que lo más profundo de sus pensamientos, aquellos que demostraban sus sentimientos quedaran plasmados en forma inalterable, pues sabía que no podría borrar lo escrito, a menos, que rompiera la tarjeta. Cuando terminó, leyó varias veces lo escrito. Satisfecho, metió la tarjeta en el sobre y escribió en el mismo, el nombre y la dirección de la persona a la que estaba dirigida. Al anverso, escribió su propio nombre y su dirección.

Al día siguiente, a temprana hora, se dirigió a la oficina de correos para entregar la tarjeta. Cuando llegó, se acercó a la ventanilla y pagó las estampillas, cuyo valor era el correspondiente al de una carta certificada. El funcionario estampó en el sobre el matasellos oficial del servicio de correos y lo depositó cuidadosamente en un casillero sobre el que estaba escrita la palabra «entregas». Después, decidió que no tenía apuro alguno y se dispuso a regresar a casa caminando las diez cuadras distantes, mientras caminaba iba reflexionando sobre el sentimiento de felicidad que había experimentado al escribir la tarjeta, y lamentaba profundamente el no haberla escrito antes.

Pasaron los días y estimando que la tarjeta ya había sido entregada a su destinatario, Nicomedes acomodó su sillón preferido y se sentó a esperar la respuesta que estaba seguro no tardaría en llegar. Junto con la respuesta vendrá el perdón —pensó— y esperó… esperó…

Esperó días y meses, por una respuesta que nunca llegó, pues pese a que la tarjeta había sido entregada oportunamente por el cartero, su destinatario la había dejado arrumada junto a otras cartas de avisos publicitarios y de diversas ofertas, las que más tarde serían tiradas a la basura.

La tarjeta nunca fue leída. La persona a la que estaba dirigida, desde hacía ya muchos años usaba el correo electrónico para comunicarse. Su mail era público y podía obtenerse en la web.

Con el pasar de los años Nicomedes ya viejo, enfermó de profunda tristeza, y pese a que había acercado su sillón a la ventana que daba a la calle, y que estaba atento para cuando el cartero apareciera en su casa, éste, nunca se detuvo en su puerta.

 

 

El autor

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Miguel González Troncoso

Orientador y Mediador Familiar

Miguel González Troncoso

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