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Murmuración espasmódicaVoz y verbo

Las calles de esta ciudad

Las calles de esta ciudad

Jimmy E. Morales Roa (Bogotá)

Estudios literarios de la Universidad Autónoma de Colombia,su formación inicial es en Ingeniería de Sistemas,hace parte del grupo fundador de la Revista Sinestesia.

 

El silencio de esta ciudad se mide por la cantidad de balazos que se escuchan en la noche y por el olor a crisantemos que invaden las mañanas. Se mide en el número de miradas que se evaden al caminar por las calles y en el número de calles por las que se puede transitar. El miedo se inhala al caer la tarde, mientras Alicia se prepara para el recorrido nocturno.

El taxi que conduce siempre huele a flores. Su padre muy temprano lo usa, para surtir desde el mercado mayorista un par de floristerías en su barrio; el mismo, en el que no existen ni una escuela, ni un hospital. Mientras llena de aromas las calles que recorre, dice que su destino es olvidar; por lo que no sorprende que vire por las calles y carreras que atraviesan este marginal mundo. Desde que llegó con sus hijos a esta ciudad, la ha intentado convertir de todas las formas posibles, en el hogar arrebatado. Le duele advertir que simplemente es un eterno basurero, en sus palabras, uno de esos lugares desgraciados y olvidados del aliento de dios, aunque en su pensamiento bien sabe, que no existe otro lugar más infausto.

La marca floral se eleva al transitar las frías calles, para luego descender y mitigar el hedor a mierda rebosante de las alcantarillas, las mismas que en todo momento están abarrotadas de basura, no siempre arrastrada por el agua, que también es escasa. Este barrio siempre tiene las entrañas expuestas, no se define si el aroma nauseabundo proviene de las cloacas o, de la coagulada sangre de algún infeliz que se resistió a perder lo poco que consiguió en el día; en este lugar olvidado no se puede aspirar a vivir más allá, regresar a casa siempre será una victoria. El cansado hombre recuerda todas las cosas que quiere olvidar, se detiene, respira, y con los ojos vidriosos retoma el camino, no soporta imaginar que alguna de tantas desgracias, nuevamente pueda alcanzar a su hija en la penumbra.

Alicia toma las llaves y emprende su camino, desde hace meses que se ha impuesto hacer el trabajo en la noche; su padre la ve adentrarse al territorio de todas las formas de maldad. No puede evitar que ella recorra noche a noche el mismo trayecto. Conduce por los mismos callejones, haciendo las mismas paradas, buscando las mismas personas.

Algunas veces creyó ver los rostros, y temblorosa deslizó su mano bajo la silla, allí, palpó para evidenciar que estaban el táser y la navaja; los soltó, una vez, al percatarse que eran algunos jóvenes intentando ver los resultados de la lotería en el quiosco de apuestas, y cuando los confundió en la madrugada frente al desbarajustado carro de comidas rápidas.

Aceleró y perdiéndose entre los callejones se escondió para poder nuevamente respirar, y mientras su alma alcazaba al cuerpo, pensó en el significado del error, de las consecuencias al equivocarse, todo su mundo se hizo un instante, que en realidad fueron todos los instantes.

Esto, no la hizo desistir, solo la impulsa a ser más cuidadosa, la alienta el recuerdo y el dolor, la sinuosa y borrosa línea que mantiene a la venganza arrebatándole motivos a la justicia. Sigue recorriendo las mismas calles ominosas, en las que se deshonra la vida, en las que no se distingue ninguna forma de bondad; son el recorrer perpetuo de su laberíntica y dolorosa trama.

Su cabeza se llena de luz y dolor centelleante, las imágenes instantáneas y el recuerdo de los lamentos la invaden y nublaban el juicio, las lágrimas se desbordan mientras revive el momento. Dos hombres se acercan de frente; ella y su hermano quieren dar vuelta, pero tras ellos impidiéndolo, una mujer y un tercer hombre mayor. Violentamente van a dar contra el piso, sus bolsillos saqueados y las ropas desgarradas, uno de los hombres, el más joven, no resiste ver las delicadas formas de Alicia, allí, expuesta e indefensa esta a su alcance, se embriaga de deseo. No lo duda…

Los gritos se ahogaban en la desolación y la impotencia, no había voluntad en ella para resistirse. Su hermano inmóvil, dejó de sangrar, agotó toda fuerza que siguiera empujando su sangre por el asfalto. El brillo de sus ojos se apago, así como los de ella; cuando arrastrándose ensangrentada llegó a buscar ayuda a la estación de policía, no alcanzo la puerta, cuando su cuerpo se escurrió por el piso al percatarse de su desdicha, allí, en el absoluto desamparo, supo que había atravesado el portal de la desesperanza, mientras era observada con desdén, por tres hombres y una mujer en uniforme.

Los sentidos dejaron de serlo, simplemente quedó una sorda imagen de pasos victoriosos alejándose, mientras exhalaba por última vez el aire contenido, así abandonaba enteramente toda esperanza, mientras la condenación le abría sus puertas.

 

Estudios literarios de la Universidad Autónoma de Colombia, su formación inicial es en Ingeniería de Sistemas, hace parte del grupo fundador de la Revista Sinestesia. Actualmente divide su tiempo entre las ediciones de la Revista y su trabajo como administrador de la plataforma de educación virtual de la Universidad Autónoma de Colombia.

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