fbpx
Murmuración espasmódicaVoz y verbo

Nos corresponde un destino

Nos corresponde un destino

Natalia Herrera Gómez (Colombia, 2002)

Estudiante universitaria. Desde pequeña ha tomado el dibujo y la escritura como parte de su vida. Gusta de escribir historias relacionadas con el autoconocimiento y los sentimientos.

 

Un joven, se encontraba solo, sentado en un viejo sillón, viendo la televisión en la sala de su casa. Veía una maratónica jornada de su serie favorita. Hace mucho que no lo transmitían, así que se tomó un descanso para verla con detenimiento.

El día se veía genial, perfecto para sentarse en el sillón y regocijarse en el ocio. El tiempo transcurría con normalidad, hasta que llegó la hora de la tarde en la que él suele preparase una taza de café. El joven se dirigió a la cocina y tomó una cuchara, sin embargo, no duró mucho en su mano, pues la dejo caer al suelo después de un alarmante estruendo que escuchó justo frente a su casa; y sin previo aviso, tocaron desesperadamente a la puerta, con temor a que fuese una situación grave, el joven se dirigió a esta sin pensarlo dos veces, pero al abrirla se llevó una gran sorpresa, al ver que nadie se encontraba del otro lado, y por lo visto, nada pasaba al otro lado del oxidado marco. Empujó con enojo la puerta, —no es de buena educación arruinarle a un vecino su taza de café —.

Cuando nuevamente volvió al sillón, miró con extrañeza la sala, algo era diferente, tal vez era la ausencia de luz, lo cual era extraño, pues no recordaba que anocheciese tan temprano. Un poco confundido miró por la ventana, estaba totalmente oscuro; lo más alarmante de la situación era que el reloj marcaba las 10:32 pm. la hora y el exterior, de una u otra forma indicaban que era de noche, sin embargo, el programa continuaba como si él se hubiese ausentado tan solo unos minutos, aún continuaba en el episodio que se transmitía cuando fue a preparar su café.

No lograba explicarse lo sucedido, por lo que quedó intranquilo. Trató de concentrarse un poco en la televisión, pero le fue imposible, lo único que logró sacarlo de sus pensamientos fue la puerta, pues nuevamente llamaban a ella, esta vez con más tranquilidad.

Se dirigió con temor y tomó con sus manos temblorosas la perilla de metal, —¿Quién está ahí?— preguntó antes de abrir; fue en vano, nadie contesto.

Volvió nuevamente a su sala, y como temía, todo era diferente, el entorno, la hora —¿10:30 am.?— se preguntaba.

El pánico incrementó al oír el llamado a su puerta, el cuerpo no le respondía, y cuando por fin lo hizo, decidió no ir esta vez. Un error del que se arrepentiría luego.

Se quedó dormido en el sillón, despertando unas horas más tarde, ¿o quizás más temprano? ¿Qué pasaba ahora? ¿Por qué el reloj marcaba las 7:30 am.?

Llamaron nuevamente a la puerta, realmente no quería ir, pero el sonido no paraba sin importar cuantos minutos pasaran. Cansado del tétrico sonido, se dirigió a ella para abrirla, y para su sorpresa, se encontraba ahora frente a él un muchacho de aspecto delgado y piel amarillenta.

—¿En qué puedo ayudarlo? — Preguntó, pero el joven ni se inmuto. Un poco aterrado por la escrutadora mirada de aquel extraño, cerró la puerta con cautela, o eso intento, pues el pie de aquel extraño la detuvo. “déjame entrar” susurro.

¿Por qué debería hacerlo?

No tienes alternativas, estarás perdido, aun si no lo haces…

Sintió como se congelaba su cuerpo y el temor se apoderaba de su ser, lo que hizo que empujara el pie del amarillento y cerrara con gran fuerza la puerta, seguido de ello, corrió a la sala y se refugió en el viejo sillón.

No lograba comprender nada, todo era confuso y no podía ser razonado de alguna manera. Giró la mirada a su derecha, y vio sentado en la alfombra al chico amarillento, entonces gritó del susto.

Shhhh, el programa aún no termina.

¿Cómo entraste? – preguntó alterado.

Tengo una mejor pregunta: ¿cómo permitiste que entrara?

El tiempo a su alrededor enloqueció, la ventana reflejaba luces de diversas tonalidades, como si los días pasaran con tal rapidez que la tierra no pudiera conocer ni luz ni oscuridad, el reloj no paraba de girar sus manecillas, y la risa de aquel extraño enrarecía el ambiente.

No pudo soportarlo, y desesperadamente pidió que se detuviera, mientras cerraba los ojos con fuerza y cubría sus oídos para dejar todo sonido de lado, el tocar de la puerta, las manecillas del reloj, la risa del sujeto. Y en un abrir y cerrar de ojos, todo se tranquilizó. Cuando nuevamente abrió los ojos, se vio a sí mismo sentado en la alfombra.

Tú eres…

—Sí, pero más joven.

Miró rápidamente el espejo de su sala y se llevó una gran sorpresa, al ver los años recorridos en su cuerpo.

¿Qué me has hecho? — dijo exaltado.

Te estoy preparando para que te despidas de este mundo.

¡Pero no quiero irme!

No deberías enojarte, ya has vivido suficiente, como decidiste vivir.

¡Mientes! me estás arrebatando lo que no he vivido, ¡lo que me falta por hacer!

No soy quien te está arrebatando la vida, yo solo he venido a llevarte al destino que has escrito, porque eres tu perdición. Todos me temen, porque en realidad soy su reflejo, es algo que los humanos aún no logran entender, suelen perder el tiempo en estupideces, y olvidan lo que es la vida, hasta que es muy tarde.

Por favor, perdóneme, puedo llevar una mejor vida, puedo cambiar mis hábitos ¡Puedo ser otra persona!

Desperdicias tu tiempo hablando conmigo, aunque es insignificante, comparado con el tiempo que ya has perdido.

¡No es cierto! Tengo cosas que hacer, razones por las que vivir.

¿Cómo cuáles? Perdiste toda razón de vivir cuando olvidaste quien eres, cuando permitiste que alguien te definiera como un objeto. Ahora afronta tu destino, el destino que haz forjado, pero que a ti, como a muchos, les cuesta aceptar, porque es difícil irte sabiendo que nunca hiciste nada desde el momento en el que llegaste.

Poco a poco su visión se redujo, todas las tonalidades se hicieron oscuras, hasta que su cuerpo no respondió.

Despertó en su cuarto, sudoroso, cubierto por sus cobijas. El corazón le palpitaba increíblemente rápido, le llevo poco tiempo inspeccionar su habitación con la mirada, no había nadie más allí, por lo que soltó un largo suspiro. Sin embargo, esa tranquilidad fue momentánea, inexistente para él.

Se miró en el espejo, donde pudo apreciar toda su longevidad. Corrió frenéticamente hasta la puerta, el terror recorrió nuevamente su cuerpo, incluso sintió cómo se abría paso hasta su alma, por el simple hecho de ver la puerta abierta; —aún estoy aquí—, fue suficiente escuchar estas palabras susurradas en su oído, para arrepentirse de aquel suspiro, y de aquella vida.

 

Natalia Herrera Gómez

Estudiante universitaria. Desde pequeña ha tomado el dibujo y la escritura como parte de su vida. Gusta de escribir historias relacionadas con el autoconocimiento y los sentimientos. Actualmente está aprendiendo a tocar piano, se encuentra mejorando su estilo de dibujo y escritura, le gustaría comenzar a publicar su trabajo en Instagram una vez se sienta preparada.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: