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Pieles de neón

Natalia Farfan Ospina *

“Aun postulando uno de esos escasos milagros de la coincidencia, en los cuales el calendario de los hechos corre paralelo al de los sentimientos, de modo que el cumplimiento se produce y el sujeto consigue el objeto del deseo… estamos incapacitados para darnos cuenta de nuestra alegría comparándola con nuestro dolor.” Samuel Beckett

“Dos dinamismos separados e inmanentes entre los cuales no existe ningún sistema de sincronización.”

 

 

      Empezaba a soñarme, era yo pero aparecía con una piel rosada, eléctrica, se iluminaba y parpadeaba, empezaba a sacudirme a mí misma, era un espacio lleno de luz, mi piel centellaba, una y otra vez, sonaba un bajo detrás de esa piel toda hecha de vitral. Luego, despertaba, caminaba, iba a hacer escenografías. Trabajaba en una puesta en escena de “Seis personajes en busca de autor”.

      Ahora pensaba en hacer una página gigante. Que fuera como los códices medievales, con la decoración orgánica, flores por allí, algunos animales híbridos por allá, y luego el actor debería mimetizarse muy bien en ese espacio, casi de una manera brillante, cuando pareciera un grabado pintoresco, sobre la hoja se movería lentamente y de repente, saldría a escena y preguntaría sobre el sentido de la vida, y sobre el autor, así… como en la obra.

      Mientras hacía esto, un actor de cabello rojizo y de contextura delgada me preguntó, ¿qué diferencia habrá entre el deseo y el amor? yo le contesté que ninguna, ninguno de los dos existen.

      — Claro que existen dijo, como si yo acabara de profanar su credo más íntimo.

      — Quizá existan, pero nunca somos lo suficientemente atentos para darnos cuenta. O sencillamente todo va tan rápido que no alcanzamos a sentir su poderosa presentación.

       — Verá, salgo con un chico que tiene la piel toda llena de rasguños, le aparecen sin razón, es como un Jesucristo que se regenera, o como un Buda sufriente, es como si sus enigmas fueran de placer, porque cada vez que van apareciendo va gimiendo, cuando me lo contó no le creí, hasta que le dieron uno de esos episodios en mi presencia, se retorcía del placer, iban apareciendo uno a uno los signos de lo placentero. Cruces llenas, a veces zigzags, lo raro es que empezaron a tomar la forma de jeroglíficos, luego de palabras, luego de enteros discursos que empecé a leer.

      En los discursos se decía que todo placer traía un sufrimiento, pero la hazaña del asunto consistía en saber conciliar, en hacer un nudo tan perfecto, que la dualidad desapareciera, a veces decía eso, pero a veces hablaba de una extraña teoría, en esa teoría se hablaba de un encuentro de neón que nunca ocurría.

      Se explicaba así, cada persona tenía un rasguño en la mitad de su cuerpo. Ese brillaba cuando se desnuda y se contempla su espíritu más genuino, pero es el más vulnerable también, aquello ocurría con el placer pero también con el amor.

      Aunque esa teoría se enrevesaba más, a veces un sujeto A de neón violeta encendía esa anima, ese sentir, pero el sujeto B no podía corresponder, acaso un suave titileo pasaba desapercibido para los dos, igualmente podían pasar años sin que la pareja en cuestión lo notara, pero de repente podía ocurrir que el sujeto B encendiera su eléctrico color rosado, pero para ese entonces en ese mismo segundo inexplicablemente la luz violeta del sujeto A se había apagado irremediablemente, la historia podía seguir así ad infinitum y los neones nunca abrazarían su sincrónica iluminación. Ese momento de neón estaba destinado a no ocurrir, a reírse de su propia posibilidad.

     — Es todavía peor creer esa teoría, que simplemente creer que no existe ninguno y hacer como sí, hagamos como si existe, hagamos como que llueve, hagamos como que pasa un Quetzal y hace de su vuelo el horizonte.

     — Para mí, no es así del todo como esa teoría… yo creo que puede ocurrir el momento neón.

       — ¿Y qué cree ese chico con el que sales?

      — Pues, es terrible, cada vez que se inscribe un discurso en su piel a través de esos rasguños, cree una cosa distinta según el discurso que se plasme en él, ya ves.

       — Será entretenido charlar.

      — Charlar sí, y sentir, sentir también.

      Cosas raras, el sueño con la piel centelleante y ahora, esta teoría, debe ser una paranoia, o cada vez me vuelvo más supersticiosa.

      Esa noche no soñé, pero cuando desperté dije una frase y tengo la vaga sensación de que incluía la frase piel de neón. El día fue de practicar una y otra vez los diálogos de “Seis personajes en busca de autor” y luego, no recuerdo, al intentar recordar el día todo se marcaba como un aura de neón, las palabras empezaron a ser vaporosas en la boca, y todo fue cobrando un color violeta y rosado que se encendía, era el palpitar luminoso del neón.

       Todo empezaba a volverse de ese parpadeante material, y el frenesí que viví esos días fue pura dicha. Me sentí conectada panteísticamente, con lo continuo, con lo diverso, con todo alrededor, con el mundo; no supe cómo pude vivir esos días sin un yo, pero todo fue placer sin decir la palabra placer, días llenos de líneas de fuga, erizadas de un material que palpitaba luz, pero las líneas fueron recobrando el color de las formas, de los espacios, de los individuos, de las calles.

       Después de muchos ensayos de la obra que preparaba, una noche, volvió en un sueño, estaba la música, era un rave violento, ahora un   inaudito, hasta que pasaba por un chill out bendito, puro, sacado de las entrañas mismas de la tierra, todo resonaba como un latido primigenio en esa habitación industrial llena de tubos y con suelo de tierra.

       Luego el cuarto se volvió cristalino, y en medio de canales de neón apareció mi cuerpo, clarividente, translúcido, parpadeando a la par de la música, era una sensación intensa, ver cómo de la transparencia emergía ese color de luz, ese violeta, ahora naranja, ahora rojo. Duré allí lo que la eternidad de neón me permitió, hasta que apareció una silueta igual de cristalina, tan cristalina que podía verme reflejada allí, verme en el cuerpo cristalino de otro mientras palpitaba en mí el neón y la música eléctrica.

      De esa ensoñación de un narciso postapocalíptico, pasé al baile con el recién llegado, observé cómo desde sus ojos el neón se empezó a apoderar de esa figura, cómo iba él inundando aquella luminosidad, fuimos entrelazándonos con tal fuerza, la habitación no podía sino replicar los fuertes colores de neón que aparecían ahora allí, violentos en su encuentro, comprendí que estaba viviendo la reunión de dos inmanencias que sí podían coexistir en un mismo momento, era el momento neón.

      Aquello, había sido una epifanía, pero seguí, presentaba una y otra vez la obra que habíamos montado, esa obra clásica y de un humor macabro, la de Pirandello.

       Comprendí desde aquel sueño, cuándo el rasguño de neón se vuelve una herida de regocijo que se cicatriza rápidamente, comprendí cuándo las pieles se sumergen en esa nueva continuidad latente.

      Y lo comprendo ahora, cuando me reencuentro una y otra vez con la experiencia neón, ahora de esta forma, ahora de la otra. Quizá me haya vuelto creyente en esa extraña teoría que apareció en el chico de los estigmas, con el que salía, el actor de la obra, pero quizá deba decirle a aquel, que el momento de neón sí existe y que puedo dar fe de ello, que hay neón deseo y hay deseo amor, y hay un momento tan potente que reúne en su palpitar esa llama doble, le debería decir, justo ahora que se ha vuelto un adepto fiel de mi teoría antigua, aquella que decía que ni el deseo ni el amor existían. Sí, quizá deba hacerlo…

Natalia Farfan Ospina
Colombiana.Bogotá

Profesional en Estudios Literarios de la  Universidad Autónoma de Colombia. Recientemente Seleccionada para integrar la Antología de ficción de Guadalajara. “Todo se sabe en este mundo”. “Nació un 8 de septiembre de 1994, como el patafísico Alfred Jarry. Es Literata hasta las entrañas. Su obsesión hacia la Commedia dell’Arte se convirtió en esta, su primer novela. Ha sido ponente en congresos realizados en México, Argentina y Rumanía porque le encanta hablar y pensar en Literatura. Entusiasta de Borges, Sterne y Blake así como de los dobles, las marionetas, el carnaval y las máscaras. Sus lugares preferidos: las arcadias personales y los escenarios de neón. Algún día quiere ser Dj o cineasta”.

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