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Lo que quedó de mí

Lo que quedó de mí

Luisa Fernanda Cardona Paniagua (Medellín)

Con especial cariño para todas las personas que extrañamos a alguien. Para Alejandro que me entrega tanto amor.

 

Recuéstate acá, mi negro, ya te traigo algo caliente.

Es el eco de mi corazón recordándome las palabras precisas que pretendía decirle cuando ustedes se lo llevaron de mí.

Nos conocimos cuando más debíamos, nos volvimos locos de amor en unas cuantas noches, nos robamos suspiros y caricias por muchos meses y años y décadas.

Hicimos una lista de travesuras en nuestro primer aniversario (que era falso).

Fuimos al acuario buscando peces muertos, vimos como cinco.

No puedo contar las veces que nos hicimos el amor porque sucedía cada vez, con cada sonrisa, con cada enojo y en cada sitio.

Él fue mi amor.

El eco es un sonido que no se escucha y retumba en las entrañas del organismo, se inyecta poro por poro y nos hace vibrar en recuerdos.

Mi capacidad de memorizar jamás me permitió aprenderme un poema o una canción completa, es el eco fragmentado de mi vida, la que hice a su lado, lo que jamás olvido.

Una noche de conflicto nos encerramos en la terraza para ver las estrellas y olvidarnos de los gritos que se escuchaban afuera, no teníamos empleo, pero sí mucho tiempo libre, que decidimos compartir.

Esa noche nos empezamos a cuestionar por la finitud. Mi negro decía que lo único infinito era cómo nos recordaríamos, yo solo lloraba prediciendo el acontecimiento.

Él tenía la infección y yo al parecer, el anticuerpo.

Él tenía mi amor entero y yo me regocijaba con su calidez y su humanidad.

La noche que subimos a mirar las estrellas no supimos lo que se veía, era un cielo como suele ser, con todo tipo de objetos lejanos que emiten luz.

Nos quedamos dormidos allí, desnudos y sin sed.

Leímos más de cien libros juntos, ninguno lo terminamos.

Nos atribuimos sentimientos y nombres preciosos para referirnos a banalidades que frecuente y cotidianamente hacíamos…

Nos prometimos contar nuestra historia sustancialmente a algún desgraciado para brindarle fe.

Nos gustaba tomar café juntos.

No tuvimos hijos, pero él sí fue papá. Uno inigualable.

Nos guardamos el secretito de su contagio porque nos separarían, como a muchos. Decían que mi vida terminaría por su causa, en realidad, se extinguiría sin ella.

Su cuerpo era fuerte, sanaba rápido, pero ustedes llegaron por él, cuando yo casi los alcanzaba.

Estoy cumpliendo en contarles renglones de la vida que nos dejaron desfallecer, su remedio por el bien común me paralizó.

—¿Me piden que me despida?
¡entonces sáquenme el corazón!

Porque el eco me corroe como un virus.

Luisa Fernanda Cardona Paniagua

Licenciada en Filósofa

Estudiante de Licenciatura en Filosofía.Amante de la poesía, la música y el mar. Me gustan los atardeceres rojos. Me gusta el rojo por los atardeceres.

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